Y es que en realidad no importa y si importa es bastante difícil definirlo, he llegado al punto de notar que cada pedacito de papel con la escasa tinta que pueda tener es realmente valioso, he llegado a odiar los formatos digitales de muchas cosas y a añorar aquellos objetos que aunque antiguos, eran maravillosos en su momento y lograban cosas admirables.
Las cámaras de rollo, por ejemplo, aquellas cuyo rollo era lo suficientemente valioso como para no poder desperdiciar fotos, como para no repetir tomas y darle a cada flash su originalidad, esas a las que les cuidábamos el rollo negro para q no se expusiera al sol, o a la luz porque se dañaban los registros, esas de las que aún mi madre guarda las fotografías impresas en los álbum de la familia o sueltecitas pero guardadas como preciados tesoros y que muestra cada vez que llega una visita o alguien frente al cual quiere compartir nuestros buenos y a veces ridículos momentos, si, definitivamente extraño la cámara de rollo, pero tampoco abandonaría la digital.
Ahora, esas pequeñas notas que lograban alegrarle el día a alguien, las cartas enviadas por correo postal o las notas dejadas en cuadernos o en papelitos de colores, esas también las extraño, esas hechas en hojas de cuaderno o las que venían en sobres blancos o de los cafecitos, ese tipo de escritos también los extraño, no es que la forma actual de dejarle mensajes a la gente sea mala, de hecho es mucho más práctica, pero el hecho de q hacer los papelitos y entregarlos fuera más complejo, le daba un toque especial.
Finalmente extraño los columpios, el resbalador y la luna rodeada de aviones, las múltiples lucecitas y los árboles acompañando mi retorno a casa.



