No hay forma en que escaparse de tanto vicio, de tanta cotidianidad, de tanto de lo mismo haya sido mejor, realmente resulta mágico cuando logras dejar atrás el ruido del deber, la congestión de tus días, las alarmas, los horarios y el calendario; cuando tanto papeleo absurdo se hace innecesario y cuando no anhelas mejor paisaje que el que tienes en frente. Esa sensación de libertad, de plenitud, de saciedad, de éxtasis incontrolable, de alegría desbordante, de locura tangible y abundante, ese percibir de dicha constante que se renueva con cada respiración, con cada pestañeo, con cada pasar de saliva… toda esa emoción realmente existe, es hallable, vivible y disfrutable.
Llegar a un lugar guiada totalmente por lo desconocido, por esas ansías de saber, por esa curiosidad que no me abandona, por el espíritu de niña exploradora que me persigue donde voy, en contra de todo pronóstico, de casi todo pensamiento racional, secundada por mis instintos, por quien siempre ha de apoyarme en mis cosas y por el pleno deseo de dejar las dudas a un lado y encaminarme hacia un momento de felicidad tangible, palpable, perceptible.
Poder dejar atrás aquello que te saturaba, que te empalagaba y hastiaba, poder abandonar los límites y emprenderse en un camino en contra de los miedos y aprensiones, en contra de los imposibles de siempre y en busca de los posibles del presente; dejarse llevar por lo inimaginable, lo impensable, lo indecible y lo impredecible, sumergirse en la felicidad inesperada, en el gozo más anhelado y en el plus que trae consigo cada nuevo momento.
Realmente tanta dicha existe y yo la percibí en cada suspiro, en cada nota, en cada vibración de mi cuerpo; no obtuve lo que esperaba, recibí eso y un millón de bonnus extra más…
No hay comentarios:
Publicar un comentario