No soporto ver tus pestañas empapadas, ni tus ojos formando una suave cascada en frente mío, no soy capaz de ver tus pómulos embriagados por nuestros errores ni me siento lo suficientemente fuerte para evitar temblar cuando eso sucede, tampoco soy lo suficientemente fuerte para dejarte con la respiración entrecortada mientras intentas buscar en lo más recóndito de ti esas explicaciones difíciles de encontrar, tal vez por refundidas, tal vez por inexistentes, y no imaginas cuanto deseo inclinarme más porque la causa sea la primera opción. Creo que imaginé muchas veces este par de horas y ni siquiera alcancé a acercarme a toda la intensidad que ellas implicaron, 120 minutos de palabras que por nuestra ignorancia de antes no fuimos capaces de pronunciar en voz alta, escasas apariciones de silencios que debimos haber tomado en su tiempo y no ahora cuándo el tiempo ya ha hecho lo suyo. No puedo creer que siga siendo tan permeable a tu mirada entristecida, después de tanto tiempo aún sigo dejándome tocar profundamente por ella como algunas otras veces de atrás, el sólo imaginar que has de tener motivos para dejar de sonreír me quita la calma, altera mi ritmo fisiológico normal y me impide ver al horizonte sin pensar en que puedo hacer para remediarlo, si, ahora que nadie ha logrado inventar eso que necesitamos. Hace mucho tiempo que quería que nos tomáramos esas 2 horitas y sigo con ansias de seguírmelas tomando, las veces que sean necesarias para solventar las grietas que han dejado las dudas, los cuestionamientos incesables sobre los “hubiera”, después de los meses que han sido necesarios, hoy me siento completamente capaz de volverme a sentir fuertecita para conversaciones vanas de cultura y sociedad, de nuevos hábitos y viejas costumbres, de las cosas nuevas que el tiempo ha hecho con nosotros y de las cosas que ha encontrado irremediables y por tanto siguen igual.
Las personas afuera están increíblemente felices y sus movimientos y expresiones de su rostro lo único que reflejan es alegría, hoy he pensado mucho en cuantas veces yo he hecho lo mismo, he tenido movimientos y expresiones de dicha infinita aún estando destrozada por dentro, creo que son pocos en mi vida quienes logran diferenciar las risas reales de las fingidas circunstancialmente y siento decirlo pero haces parte del grupo selecto de personas que con solo oírme 5 segundos al teléfono, o viéndome caminar a lo largo de la calle desde la distancia, logran saber que algo anda mal conmigo, que algo no está precisamente bien dentro de mí.
Hace muchos meses he querido publicar este escrito que había permanecido guardado en una de las carpetas a cuyo nombre sólo yo le presto importancia, hoy decidí publicarlo porque volví a sentirme así luego de buscar un dije que había perdido y en su lugar me encontré con que no es el recuerdo el que termina afectando el presente, es el intento fallido de olvidar el que nos recuerda que hay otras cosas interpuestas entre nosotros y la palabra armonía, fruto de las cosas que aún no logramos hacer bien.
No hay comentarios:
Publicar un comentario